-Por Belén Municio-

En este mar de seducción digital en el que vivimos, tengo tantos iconos en la pantalla de mi teléfono móvil, que me es duro decidir cómo les doy tiempo y amor a todos por igual.

Bueno sí… hay uno que me tiene loca…

Que la tecnología ha cambiado radicalmente nuestra forma de comunicarnos y con ello nuestra forma de relacionarnos, es una evidencia, tan contundente, como que nos pasamos la vida coqueteando sin pudor con unas y otras redes dentro del torbellino de información que nos arrastra cada día.

Quizá es el momento histórico en el que el ser humano comparte el mismo pecado, el de la gula informativa, de la misma forma que el castigo es compartido. Ante tal sobrecarga y exceso de información, el resultado es precisamente, la desinformación. Así en una burbuja de nostalgia, surgen voces apocalípticas, que estigmatizan los avances tecnológicos (nada nuevo en la historia), y que claman por “una vida vintage”.

El pasado 4 de octubre, coincidiendo con el anuncio de China de restringir los tiempos de uso de TikTok a los más jóvenes, o cuando Facebook daba marcha atrás al lanzamiento de un “Instagram infantil”, las grandes redes se marcaron un “ghosting” y la ansiedad asomó por los dedos de medio mundo, que infructuosamente buscaba que se iluminara su pantalla.

Esa tarde, seguro que como a mí, os vino a la cabeza el capítulo de la serie Black Mirror “Caída en picado“ y esa mirada distópica y advertente de la dependencia a nuestro teléfono. Nos cuentan, que consultamos el móvil unas 150 veces al día. Apple dice que desbloqueamos el iPhone unas 80 veces. Y si es un Android, el número aumenta hasta 110….

Hasta ahora ha sido la red la que nos ha echado la malla, porque o bien, por un lado, las grandes redes generalistas, Facebook, Instagram, TikTok, Twiter… nos ofrecen entretenimiento y nos atrapan con la distracción, y por el otro, las llamadas redes dedicadas, (tipo Linkedln,) con fines más concretos pero que no tienen ni de lejos el alcance de las primeras, y nos agrupan y dividen en intereses.

Mientras, la crisis medioambiental que nos envuelve continúa imparable, y en el mundo “mundo”, son cada vez más las voces que advierten de la deriva del planeta. La buena noticia es la palpable creciente conciencia colectiva medioambiental sobre todo en los más jóvenes. Los hijos de la tecnología, de las pantallas, están cansados de escuchar y quieren pasar a la acción. Jóvenes, y no tan jóvenes, que quieren participar sin compromisos, ejercer el autoconsumo de activismo, personas que preguntan, ¿Cómo me puedo enterar de esa limpieza de playas que se está haciendo cuando estoy de vacaciones?, o ¿Cómo puedo organizar una recogida de basura en el río de mi pueblo, que me duele verle revestido de bolsas de patatas y latas de cerveza?…

Ahora, si hay un interés común, aunque sea porque en ello nos va la vida.

Y no, para quien lo esté pensando, no podemos esperar a los gobiernos, dejemos las tragedias para el teatro, o movemos el culo, o pasaremos a la historia como el siglo de “los idiotas”, que teniendo todo en sus manos, se quedó mirando como las vacas que ven pasar el tren.

Necesitamos pues, información de valor, que reconozca y aupe los mensajes, apostar por la economía de la atención, el petróleo de la nueva era.

Queremos tener el control, extender nosotros la malla. Necesitamos una red social que circule en paralelo, una red social de acción en positivo, en la que empresas, organizaciones e individuos, intercambien reflexiones, acciones, y eventos, para hacer de este mundo el Best World.

La tenemos.

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