-Por Belén Municio-

Nadie podía imaginar hace cuatro meses lo “NUEVO” que sería el Año Nuevo que entraba. Casi un mes después, finales de enero, el Año de la Rata se celebraba en China, y esa rata y este año, el 2020 en occidente, nacieron con apellido, la Covid19. Renombre que bien podría recordar el de cualquier mascota olímpica, y que indicaba presagio de su alcance. Todos los rincones del planeta.

Y no, el apocalipsis que muchos temían no llegó en forma de Mel Gibson, enfundado en cueros y armas imposibles, destrozando coches en carreteras polvorientas y ciudades arrasadas y grises. En este guion hiperrealista que nos toca escribir y compartir no se ha escrito aún el final. ¿Recordáis los libros juegos, en los que según la página que eligieras para continuar la historia, ésta tenía un desenlace diferente? Pues bien, la buena noticia es que si la humanidad probablemente sea responsable de la llegada de “este virus-agente secreto” a nuestras vidas, está en nuestras manos firmar un final más feliz.

Hace tiempo que la comunidad científica viene avisándonos de las consecuencias de un modelo de sociedad en el que, el consumo excesivo, la generación masiva de residuos y la superpoblación del planeta generan severos impactos sobre el ecosistema y en nuestros propios sistemas de convivencia, cada vez más desiguales.

Desde nuestras casas quietos, encerrados, en esta especie de “confitamiento” colectivo, en el que casi se puede oír el bullir de nuestros pensamientos, que a fuego lento van cociendo infinidad de presagios, de ilusiones, de miedos, incertidumbres….  Y que no se resignan a que cuando estemos listos y podamos echar la vista atrás, algunas cosas hayan cambiado y ya nada volverá a ser como antes.

El mundo echó el freno y pronto el guiño cómplice de la naturaleza, nos saludó cada día a través de nuestras ventanas.

Las ciudades se nos muestran elegantes; en un gesto cortés y agradecido se despojan de la boina que las atrapaba y nos presentan un cielo más limpio y azul.

La naturaleza reconquista su espacio y así, la disminución del tráfico y los desplazamientos, nos dejan imágenes de patos caminando por París, ciervos en las calles de Japón, jabalíes en Barcelona o aguas transparentes en los canales de Venecia, por cierto, algunos delirantes creyeron incluso atisbar delfines, y no, los delfines, se han acercado a las costas y los puertos.

Obligados también a ralentizar nuestro consumo, quizá estemos reflexionando sobre nuestras prioridades y podamos transitar desde esas rutinas consumistas hacia un cambio de paradigma que tanto veníamos escuchando, reducir, reutilizar, reciclar. Hacia una economía verde, en definitiva.

Y como la primavera es la estación en la que todo es posible, hace frío y hace calor, hace viento y de repente llueve. Esta primavera llueve en España, y en muchas ciudades del mundo, una banda sonora en forma de lluvia de aplausos cargados de solidaridad inunda todos los días a las 8 de la tarde el silencio de nuestras calles vacías. Se han generado redes vecinales y grupos de apoyos y cuidados en muchas comunidades. Solidaridad entre las personas y solidaridad entre países. Aviones cargados de material sanitario sobrevuelan nuestros cielos desde recónditos países.

“La nouvelle couisin humana” está en marcha, y nosotras que somos fan de los confitados, despacito y a fuego lento, sabemos que la marca de esta huella lleva el nombre de OPORTUNIDAD.